Microrrelatos

«Menuda decepción«. Esas fueron las palabras que el jugador restante susurró en la partida de Póker. Recordaba cuando se sentó en la mesa, que había más personas las cuales llenaban lo que sería una gran sala ahora vacía. Ya ni siquiera el croupier seguía ahí, tan solo él y ese maldito suertudo que venía cada semana y conseguía los mejores premios. Pero esa vez no. Cada ronda que jugaban siempre perdía. Esto generó que, sin previo aviso, tras quedarse en cero, este propusiera al otro jugador: «Juguémonoslo todo a una, solo me quedaría apostar mi alma, ¿Igualas?«. Con la euforia del momento, aceptó, con ganas de humillarlo aún más, sin saber que estaba jugando con el mismísimo diablo. Hasta que giró su mano y lamentándose, solamente le quedó susurrar…

Era una noche oscura y tormentosa. El viento aullaba con furia contra las ventanas de la mansión del solitario señor Blackwood. Él estaba sentado rodeado de libros, cuando de repente escuchó un golpe en la puerta. Sin dudarlo, se levantó y caminó hacia la entrada. Al abrirla, se encontró con una figura encapuchada, que tenía una carta en su mano. La tomó, pero en cuanto comenzó a leerla, se dio cuenta de que la letra era extrañamente familiar. Era de su difunta esposa, muerta hace años. El hombre se quedó paralizado, sin saber qué hacer. De repente, la figura se quitó la capucha y reveló un rostro desfigurado y lleno de odio. Era su esposa, resucitada de entre los muertos para vengarse de él por su traición. El señor Blackwood se sintió asediado por una sensación de desesperación y remordimiento, sabiendo que nunca volvería a encontrar paz en su vida.

Sir Edward, un hombre de gran importancia y riqueza, había sido invitado a una fiesta de disfraces, un evento al que asistía anualmente, buscando siempre impresionar a los demás invitados con su atuendo. Pero este año, el deseo de algo diferente lo llevó a recorrer los callejones más oscuros de la ciudad en busca de una pieza especial.

Fue en una pequeña tienda de antigüedades donde encontró aquella máscara. La máscara hecha de una madera negra como el carbón, parecía que había sido lanzada al fuego más de una vez, su forma y detalles tallados e intrincados en diversas formas abstractas que parecían moverse dependiendo de donde la ubicaras, lo habían cautivado. Edward, intrigado por su hallazgo, decidió llevársela a la fiesta para sorprender a todos.

La noche de la fiesta, se presentó con la máscara adornando su rostro. Todos los invitados se sorprendieron al verlo, pero su asombro se convirtió en intriga al observar la extraña máscara. Sir Edward, sin embargo, se dio cuenta de que, a través de la máscara, podía ver los miedos de las personas que lo rodeaban. Cada vez que miraba a alguien a los ojos, podía ver sus temores más profundos reflejados en su mente, como si estuviera leyendo sus mentes. Embriagado de su poder comenzó a experimentar con él, mirando a los ojos de cada uno de los invitados, descubriendo sus miedos más oscuros y secretos, algunos de ellos eran tan aterradores que apenas podía soportar mirarlos. 

Pero, a medida que exploraba los horrores de las personas, se encontró cara a cara con su propio reflejo en el salón principal, mirándose a los ojos con gran temor. Observó dentro de sí mismo como se desenterraban sus miedos más profundos reflejados en el espejo, descubriendo miedos que había dejado atrás hace mucho tiempo. Era una visión tan aterradora, que Sir Edward no pudo soportarla y comenzó a temblar, su cuerpo se debilitó y se desvaneció en el acto, permaneciendo ahí, frente al espejo, de pie. Los invitados de la fiesta se dieron cuenta de este hecho poco después de terminar con la misma, algunos intentaron reanimarlo, otros se quedaron absortos, observando el cadáver inmóvil de Sir Edward. Pero pronto descubrieron que no podían sacarle la máscara de su rostro, como si estuviera pegada a él. La máscara había sellado su destino, y su alma estaba atrapada en ella hasta consumirlo para siempre.

Despertó con lentitud, su mente estaba aturdida y confusa, sin saber en qué lugar se encontraba. Una habitación lúgubre le rodeaba, con paredes agrietadas y manchas de humedad que parecían gritar por su abandono. En el techo amarillento, un enjambre de oscuridad se extendía sin fin, sólo interrumpido por la ominosa frase escrita en letras rojas: «Hay alguien más aquí«.

Intentó incorporarse, pero sus brazos y piernas estaban atados a la cama con una fuerza imposible de romper. Buscó en vano una salida o alguna pista sobre cómo había llegado allí, pero la oscuridad le envolvía, aprisionándolo en la soledad más profunda de una habitación estrecha y vacía. La sensación de que alguien le observaba era palpable, haciéndole sentir vulnerable y expuesto. Un susurro se acercó a su oído y sintió la respiración fría en su cuello. Giró la cabeza rápidamente, pero no había nadie. Luego, otro susurro, y otro. Trató de gritar, pero su voz no respondía. El miedo lo paralizaba, dejándolo a merced de la oscuridad.

Las risas burlonas que le rodeaban, le hacían sentir como si hubiera entrado en el infierno. Una mano fría recorrió su cuerpo, invadiéndolo de una sensación de escalofrío que no podía controlar. El pánico se asomó, haciéndole perder la cordura lentamente mientras se preguntaba si todo esto era real. De repente, una voz, más clara que las anteriores le susurró: «No estamos solos, pero tampoco lo necesitamos«.

La mesa estaba dispuesta, y la familia, anhelante por la cena, imploraba la llegada de ese momento. La madre, sosteniendo una bandeja con seis copas de metal invertidas, la colocó frente a ellos y la giró, como si de un juego se tratase.
— ¿Qué nos tocará hoy, mami? —inquirió el pequeño con la mirada cautivada por la bandeja giratoria.
Cuando esta se detuvo, todos levantaron la copa frente a ellos, todas vacías excepto una, que albergaba una diminuta pastilla azul.
— Parece que hoy le corresponde a Violeta. —mencionó la madre con dulzura.
— No es justo —replicó la niña, observando su muñón—. La semana pasada me tocó a mí.

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